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Los soldados culpan al ejército y al uranio reducido por sus padecimientos |
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Juan González
Especial para AL DÍA |
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Ocho veteranos de la Guerra de Irak se presentaron en la sala del tribunal federal en Manhattan la semana pasada y exigieron respuestas del Pentágono y la Casa Blanca sobre el cómo y el por qué de sus padecimientos.
Estos hombres, en su mayoría hispanos, incluyen a los ex sargentos del ejército Ray Ramos, Agustín Matos y Jerry Ojeda, y al especialista Gerard Matthew, quien es el demandante principal en la pionera demanda que ha expuesto ante el público la manera en que la vida de los soldados estadounidenses ha sido puesta en peligro por una de las armas favoritas, y bastante desconocidas, del Pentágono -la artillería de uranio reducido.
Como se esperaría, los demandantes en este caso no se intimidan fácilmente. Varios son ex funcionarios de la policía y del servicio correccional de la ciudad de Nueva York, curtidos por las calles. Todos sirvieron en dos unidades de la Guardia Nacional, apostadas en Irak durante los primeros meses de la guerra.
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La primera vez que los conocí fue a finales del 2003, al llegar a Fort Dix, Nueva Jersey, siguiendo una pista sobre el hecho que varios soldados que estaban de vuelta sufrían de una variedad de enfermedades que los médicos del ejército no lograban explicar.
Los hombres que conocí ese día en la base militar estaban furiosos por la forma en que los médicos de ejército ignoraban sus persistentes síntomas de vista nublada, migraña, desmayos, fatiga, una sensación de ardor al orinar, además de sangre en su orina, y otros padecimientos -todos los cuales, me dijeron, habían empezado mientras estuvieron en Irak.
Unos meses más tarde el diario “Daily News” hizo los arreglos para someterlos a pruebas independientes. Dichas pruebas indicaron que cuatro de los nueve que conformaban una unidad de la Guardia Nacional, así como Matthew, quien sirvió en otra unidad, habían sido expuestos a uranio reducido -probablemente del polvo radioactivo producido por los proyectiles de morteros que habían estallado.
El Pentágono utiliza metal radioactivo de bajo grado desde la Guerra del Golfo Persa en 1991, para endurecer los proyectiles de mortero de artillería de manera que puedan penetrar los tanques del enemigo. Nuestro gobierno también reconoció que usó bombas de uranio reducido en Vieques, Puerto Rico, antes de cerrar el polígono de la marina estadounidense situada allí, hacer varios años.
Mis informes sobre los veteranos enfermos, publicados en The Daily News, crearon una tormenta infernal que llegó al Congreso y recibió cobertura en todas partes del mundo -especialmente cuando los hombres, quienes en ese entonces estaban en servicio activo, acusaron públicamente a los médicos militares por rehusarse a hacerles pruebas de uranio reducido, o por perder o retrasar la entrega de los resultados.
Desde entonces, el Pentágono se ha vuelto más estricto respecto a sus procedimientos de pruebas y alrededor de dos docenas de legisladores estatales ya aprobaron o están estudiando proyectos de ley en los que se exijan pruebas de uranio reducido para las tropas de la Guardia Nacional que regresan de Irak.
La demanda presentada por el grupo de veteranos el año pasado es el primero presentado por soldados que estuvieron en Irak que afirman que fueron lesionados por el arma controversial, en llegar a tribunales.
La semana pasada, en una audiencia de dos horas ante el Juez Federal de Manhattan, John Koeltl, los abogados de los ex soldados arguyeron que el ejército causó sus enfermedades al violar sus propios protocolos de seguridad y exponerlos al polvo radioactivo de los proyectiles de morteros estallados. Los médicos del ejército también encubrieron información sobre la exposición de los soldados y no proporcionaron el tratamiento médico adecuado a los mismos, según afirmaron los abogados.
No obstante, el Fiscal Adjunto de los EE.UU., John Cronan, quien representa al ejército, exhortó a Koeltl a desestimar la demanda inmediatamente.
Un fallo de la Corte Suprema de Justicia de 1950, conocido comúnmente como la doctrina Feres, prohíbe que los soldados demanden al gobierno por lesiones “inherentes al servicio [militar]”, dijo Cronan.
“Cualquier juicio al respecto estaría cuestionando asuntos militares delicados que los tribunales civiles no deberían estar discutiendo”, agregó.
Mientras el abogado del gobierno habló, Matthew -sentado a la par de su esposa Manis- en el salón de tribunales lleno de defensores, movía su cabeza de lado a lado, sin pronunciar palabra. El 29 de junio de 2004, menos de 10 meses después de que Matthew regresó de Irak, su esposa dio a luz a su hija, Victoria.
A la niña le faltaban tres dedos en una mano.
La audiencia entera se convirtió en un repaso escalofriante de cómo los tribunales han tratado, durante más de medio siglo, con las lesiones masivas causadas por nuestras propias armas militares en contra de las tropas estadounidenses. Tanto Cronan como los abogados de los demandantes, George Zelma y Elise Hagoue Langsam, se refirieron en repetidos momentos a casos anteriores de soldados expuestos a pruebas de bombas atómicas durante la Segunda Guerra Mundial, a las enfermedades masivas padecidas por los soldados de la Guerra de Vietnam, a causa del Agente Naranja, y hasta a pruebas secretas de LSD, realizadas por el ejército entre los soldados, durante la década de los años setenta.
“No es posible que la intención del Congreso fuese que el gobierno traicionara a sus propias tropas”, dijo Zelma en cierto momento.
En vista de su interrogatorio tenaz de ambas partes, parece que Koeltl presta seria atención a las alegaciones de los soldados; sin embargo, no dio señal alguna respecto a su posible fallo.
“Estamos aquí para hablar en nombre de todos nuestros compañeros soldados quienes ni siquiera saben a lo que han sido expuestos en Irak,” dijo Matthew más tarde. “El ejército ni siquiera siguió sus propios procedimientos para protegernos, y alguien debe responder por ello.”
(*)Juan González, antiguo presidente de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos de Estados Unidos, escribe esta columna para AL DIA desde Nueva York, donde él es un leído columnista del “New York Daily News’. González analiza temas contemporáneos de la comunidad Latina de los Estados Unidos. Sus libros incluyen “Harvest of Empire” y “Roll Down Your Window
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