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El 37 por ciento de niños y adolescentes de entre 8 y 16 años sufren dolor crónico, es decir, manifiestan sufrimiento durante más de tres meses de forma continua o recurrente, con un mínimo de una o dos veces al mes. El problema se localiza generalmente en la cabeza (migrañas) y en el estómago.
Éstas son las conclusiones a las que ha llegado un grupo encabezados por Anna Huguet y Jordi Miró, del Departamento de Psicología de la Universidad Rovira i Virgili, en Tarragona.
Los investigadores han realizado un estudio epidemiológico entre 550 niños de 22 escuelas de la zona de Tarragona. A los menores se les hacía una entrevista personal de más de media hora en la que se preguntaba sobre la presencia de dolor, su intensidad y si interfería en la vida cotidiana. Se les pedía también que describieran cómo lo percibían y qué pensaban cuando lo sufrían.
Las mismas preguntas se hicieron a sus progenitores, a los que además se interrogaba sobre cómo reaccionaban cuando su hijo manifestaba el malestar.
Problema enquistado
Los científicos han hallado que el 58 por ciento de la población pediátrica que había afirmado tener dolor lo continuaba sufriendo al cabo de año. "Es un grupo en el que el problema está muy enquistado", ha apuntado Huguet.
Asimismo, los niños con dolor crónico tienen una peor calidad de vida y presentan más dificultades en el colegio y en sus relaciones sociales.
Otro fenómeno que han detectado es que los niños que tienen más miedo ante la situación el dolor, los que hacen una interpretación catastrófica de la experiencia, así como aquéllos que tienen pocas expectativas sobre la posibilidad de que los médicos les curen, tienen un peor pronóstico. Esto también sucede en los casos en que los padres prestan poca atención al malestar de sus hijos.
En opinión de Huguet, el problema es que "el dolor infantil es totalmente invisible para padres y médicos. Todo el mundo entiende que un adulto pueda tener una lumbalgia o una fibromialgia, pero parece que es imposible que un niño sufra dolor crónico".
Esto hace que los estudios sobre el tema sean prácticamente inexistentes y que a menudo se atribuyan las quejas del niño a una voluntad de llamar la atención. "En un adulto el dolor es más incapacitante, hace que la persona se quede en casa, por ejemplo. Un niño, por el contrario, sigue jugando, lo que hace que el problema pase más desapercibido".
Para los investigadores, es importante diseñar instrumentos para detectar el problema y tratarlo precozmente. Así se evitará que se cronifique y se agudize en la edad adulta.
via | www.fibrofatiga-unidos.info |