Un humo amarillento cubre los cielos de
la Oroya. Es Junio de 2007 y el bus nos ha dejado justo frente a las
chimeneas de la planta que maneja Doe Run Co., la productora de plomo
más grande de Norteamérica.
El panorama no puede ser más escalofriante: humos negros y cobrizos con olor a muerte emanan por las chimeneas de la fundidora.
A tan sólo 200 metros del complejo metalúrgico, los niños juegan al
fútbol despreocupadamente y a cada paso tragan el polvo tóxico que
viaja por el aire. Escuelas, calles, el hospital y las casas están
cubiertas por el polvo metálico; los pinos no crecen, las flores son
escasas. La belleza que antes existía ahora es ceniza.
La Oroya es la quinta ciudad más contaminada del mundo según el
instituto Blacksmith, una organización conservacionista con sede en
Nueva York. En la lista de los 10 pueblos más contaminados también
figura Chernobyl, lugar donde ocurrió el accidente nuclear más grave de
la historia.
Vemos que algunas personas transitan con máscaras y otras utilizan
pañuelos. La gran masa se cubre con las manos la nariz y la boca para
no ingerir el aire sulfuroso. “Antes era por horas; ahora todo el día
botan los gases” nos dice Julia Zolano, una amable señora que tiene un
puesto de dulces en las afueras de la fábrica.
La fundidora arroja a la atmósfera más de 800 toneladas de dióxido
de azufre diariamente, excediendo cinco veces los límites establecidos
por las leyes peruanas.
Es imposible caminar por las angostas calles de la Oroya, la picazón
en la garganta y la irritación en los ojos son inevitables. No
comprendemos cómo la gente puede vivir de esta manera.
Maribel Velarde, responsable de realizar el primer análisis en la
sangre de los niños oroyinos, nos dice que uno termina acostumbrándose,
mientras nos muestra los resultados de los estudios efectuados por el
Ministerio de Salud a 788 niños menores de siete años.
La cifra es indignante: el 99.9 por ciento manifestaron plomo en el
organismo, en promedio 41 microgramos por decilitro de sangre, cuatro
veces más del límite de riesgo permisible por la Organización Mundial
de la Salud. Los niños pequeños y las madres gestantes son los más
afectados.
Lo aterrador de la contaminación por plomo es que inicialmente no
presenta signos visibles, pues su acción es lenta. Se sabe que afecta
al sistema nervioso, produce agresividad, cansancio, anemia,
deficiencia en el aprendizaje y el crecimiento y, en altas dosis, puede
causar la muerte.
Dengel es un niño de nueve años, pero por su estatura y su peso
parece tener seis. La historia de su hermano Reiner no es diferente:
tiene siete años, mide apenas un metro y pesa 18 kilos. Su padre,
Melitón Rivera, nos comenta que sus hijos tosen todo el tiempo y su
estómago les duele mucho.
Melitón y su esposa no pueden dormir pensando en el futuro de sus
hijos. “Cuando viene el humo cerramos las ventanas y la puerta; los
ojos y la garganta nos pican como ají. Nadie nos va a sacar el plomo
del cuerpo. Lo que buscamos es que nos trasladen y nos indemnicen”.
Dengel corre hacia nosotros y con la libertad de los niños nos dice:
“Yo y mis amigos queremos que hagan caer la chimenea.
Es muy feo y malo ese humo”. Las miradas de Reiner y Dengel son
sombrías. No es habitual ver a un niño de la Oroya sonreír, el plomo
les ha arrebatado la inocencia y la alegría de la infancia. Reiner
sueña con algún día ser un buen médico, para curar a sus padres y a
sus compañeros.
Desde 1997, año en que Doe Run se hizo
propietario del complejo metalúrgico, los niveles de intoxicación por
plomo han aumentado. Doe Run forma parte de Renco Group, cuyo principal
accionista es el controversial multimillonario Ira Rennert.
Las empresas de Rennert enfrentan en los Estados Unidos un centenar
de juicios por dañar al medio ambiente y atentar contra la salud
pública. Su empresa productora de magnesio en Utah se declaró en
bancarrota luego de que funcionarios federales lo acusaran de desechar
ilegalmente residuos peligrosos.
La empresa matriz de Rennert es la fundición de plomo de
Herculaneum, Missouri, empresa denunciada por contaminar a una
población. Debido a que las leyes son más enérgicas en Estados Unidos,
la empresa se vio obligada a indemnizar y trasladar a las 2800 personas
que vivían junto a la fundición.
Por desgracia en nuestro país las cosas son muy diferentes, pues las
leyes figuran en el papel mas no en la práctica. La coima generalizada
y la ausencia de una conciencia civil contribuyen a que estos
megaconsorcios hagan lo que quieran.
Tanto así que el Ministerio de Energía y Minas, en un acto sin
precedentes, aceptó por novena vez el pedido de Doe Run de aplazar
hasta el 2009 el cumplimiento de su Programa de Educación y Manejo
Ambiental (PAMA), programa que prometió cumplir cuando les fue
entregada la planta metalúrgica por Centromín.
Actualmente Doe Run no paga Impuesto a la Renta ni utilidades a los
más de 3000 trabajadores que laboran en sus plantas. Frente a todo
esto, el dirigente social Miguel Curi ha congregado a varias familias
para demandar ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos a la
empresa y al Estado por indemnización. “Ya no creemos en Doe Run.
Cuando vino nos prometió reducir las emisiones.
Yo vivo hace 22 años en la Oroya, pero desde hace seis, cuando me
enteré de que mi hijo tenía plomo en la sangre, recién supe los daños
irreversibles que provoca este en la salud. La empresa, el año pasado,
ha quintuplicado sus ganancias, que ascienden a 150 millones, a pesar
de lo cual no quieren construir las dos plantas de ácido sulfúrico que
disminuirían en un 85% la emisión de gases y metales de la atmósfera”.
Curi tiene que llevar a sus dos hijos los fines de semana fuera de
la ciudad para que se liberen de los humos, pero la mayoría de
personas no cuenta con los medios económicos para hacer lo mismo.
El rebelde dirigente oroyino nos sirve de guía y nos conduce a
varios hogares donde la gente ha decidido romper su silencio, debido a
que los que se atreven a hablar sobre el tema son tildados en el pueblo
como “traidores”.
Doe Run es la principal fuente de economía de la Oroya: el 80% de
los moradores vive directa o indirectamente de la fundidora y la
empresa permanentemente amenaza con irse si continúan las denuncias.
Las delegadas ambientales son un grupo de setenta amas de casa
elegidas por la empresa para realizar campañas de limpieza en las
calles y hogares.
Ellas son los ojos y oídos más efectivos de Doe Run. Al enterarse de
nuestra presencia, una de ellas nos aborda en plena calle y nos
interroga acerca de los motivos de nuestra visita.
Después baja el tono y nos dice que la empresa le da juguetes a sus
hijos y muñecas barbie a sus hijas en Navidad, que han construido un
comedor público y duchas y que hay una guardería en Casaracra (uno de
los poblados vecinos) donde se educa y nutre a los niños.
Al ver que no le refutamos, la señora nos mira con gesto desafiante
y se va. Casaracra es una guardería creada por el convenio entre el
Ministerio de Salud y Doe Run, pero tan sólo brinda cuidado a 75 niños
(los casos más graves), atención insuficiente para la enorme población
infantil intoxicada.
Subimos las empinadas escaleras hasta llegar a Gloriapata y
Picuypata. Unos perros flacos nos dan la bienvenida. Estos son los
barrios de la zona alta de La Oroya antigua más contaminados. Las
casas son de adobe, de una sola habitación y las paredes y las ventanas
están llenas de hollín.
La gente no cuenta con agua potable o saneamiento básico. Las
señoras tienen que lavar su ropa en la calle, en piletas comunales.
Ninguna quiere que sus hijos salgan de sus casas porque el polvo gris
está en todas partes y se lo pueden llevar a la boca.
Visitamos a la familia Ynga. Dos de sus tres hijos han fallecido por
exposición al plomo y otros metales cancerígenos. Mercedes Ynga se
niega a declarar porque debido a su testimonio para un canal nacional
fue amenazada de muerte por el ex alcalde Clemente Quincho.
Ella, junto a su esposo e hija, tuvieron que huir a Lima durante dos
semanas para salvar sus vidas. Luego de insistir, finalmente, acepta
hablar con nosotros. “Mi hija murió a los 17 años tras padecer 9 de
ellos con 82 microgramos de arsénico en el organismo.
Tenía manchas en la piel, fiebre por las noches y los doctores del
hospital Guillermo Almenara, sobornados por la empresa, no nos decían
lo que tenía. Mi otro hijo falleció cuando tenía un año y tres meses.
Él nació con cáncer, con un tumor maligno en el cerebro”.
La voz de Mercedes se quiebra, sus manos empiezan a temblar y las
lágrimas recorren sus rojas mejillas. Su esposo, Martín, un hombre
robusto de 40 años, la toma entre sus brazos y ambos lloran. Mercedes
ahora va de casa en casa para aconsejar a las mujeres oroyinas. No
quiere que ninguna madre sufra lo que ella sufrió. “Ya no hay miedo,
poco a poco estamos concientizando a la gente”, nos dice al momento de
despedirnos.
Recorremos los laberínticos barrios de La Oroya y
las historias se repiten. La Oroya es una ciudad cubierta por un velo
oscuro, rara vez asoman los rayos del Sol. Por las noches no se
divisan las estrellas. Parece que hubiera pasado un meteorito e
incendiado los árboles, los pájaros y la ilusión de sus habitantes de
respirar aire puro a su paso.
Las laderas de los cerros donde se aglomera caótica la ciudad se
encuentran calcinadas. La vida que revoloteaba en los ríos Mantaro y
Yauli ha desaparecido. Los abuelos nos cuentan que por esos días los
pastos eran extensos, los cerros verdes y se podía pescar truchas en
los ríos.
Agustín Mamani es un ingeniero químico que trabajó 30 años en Doe
Run. Él nos revela que la fundidora utiliza petróleo residual y la
chatarra y concentrado tóxico que otros países no aceptan.
Nos advierte, además, que el caso de La Oroya ya no es un problema
local sino nacional. El agua para consumo doméstico tiene plomo, zinc,
arsénico, y otros materiales contaminantes, así como lo tiene el suelo
y el aire.
Las alcachofas, el maíz y los diversos alimentos que salen de la
zona central y se comercializan en los principales mercados de la
capital están contaminados. Insistiéndonos en la peligrosidad del
material particulado, el mismo que se instala en los pulmones y que
debido a su pequeño tamaño puede viajar cuatro días antes de asentarse,
la nube de plomo amenaza con llegar a Lima.
Luego de escuchar estos estremecedores testimonios solicitamos una
reunión con el jefe del área ambiental de Doe Run, ingeniero Jorge
Miranda, quien accede a entrevistarse con nosotros muy temprano al día
siguiente.
Llegado el momento lo esperamos en el hall de la empresa con miles
de preguntas en la cabeza. Pasaron varias horas y Miranda
inexplicablemente no autorizó nuestro ingreso a la fábrica. Tras varias
llamadas a su celular contesta sólo para cancelar la cita, aduciendo
que tiene mucho trabajo acumulado. Nos invita entonces a una nueva
reunión, pero en la tarde la escena se repite: celular apagado y la
secretaria afirma no saber dónde está. El jefe ambiental de Doe Run
literalmente se esfumó.
Aunque César Gutiérrez, alcalde de La Oroya, nos promete
enérgicamente fiscalizar el cumplimiento del plan ambiental, el futuro
de la ciudad es incierto. Muchas autoridades han sido seducidas por el
embriagante olor del dinero, como Jesús Díaz, jefe de Essalud, que vive
en las casas de los trabajadores de Doe Run.
“Hay días en los que pienso irme de acá”, me dice Epson Núñez, joven
padre de Mirella, una niña de un año que frecuentemente convulsiona y
cambia de estados de ánimo. Los días en que su salud se agrava son
aquellos en que la emisión de gases es más intensa. “Queremos que los
dueños de Doe Run piensen en los niños de La Oroya. Nosotros luchamos
por nuestros hijos, para que no padezcan lo de nosotros”.
Resulta angustiante ver los profundos niveles de desigualdad que
existen en el mundo. Mientras Rennert vive con sus hijos en una mansión
en Long Island que es más grande que La Oroya y dobla en tamaño a la
Casa Blanca, todo un pueblo muere lentamente en los Andes peruanos.
Es urgente que Doe Run reduzca su producción como lo hizo en su
planta de Missouri. El Estado debe desarrollar un plan integral de
salud que declare La Oroya en estado de emergencia. No se debería
esperar dos años más para que se construyan las dos plantas de ácido
sulfúrico.
Los niños no entienden de leyes ni de intereses mezquinos, ellos
sólo quieren crecer y correr libremente sintiendo cómo el viento
acaricia sus rostros. Hagamos que este derecho universal sea posible,
levantemos mil veces nuestras voces, no permitamos que la vida y los
sueños de Dengel, Reiner, Mirella y de toda una nueva generación se
hagan plomo…
por Róger Neyra
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